Mùsica de Color

Antonio Duarte – Leña

por Nicolás Cortés Comenta

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Hay un sonido constante que navega de fondo durante todo el recorrido que se toma el debut en el larga duración de Antonio Duarte y que, si bien secundario, cumple una función fundamental. Primero es un sonido, cercano a un rumor, que acompaña su música y que nos sitúa en un espacio y un tiempo. Es además una capa que probablemente mezcla una gama de capturas de ruidos naturales, pero que te lleva más allá y que provoca que la composición musical que nos ofrece funcione como un relato íntimo y personal.

Leña es el titulo de este registro, su segundo trabajo publicado bajo su nombre después del promisorio EP Los Elementos y al margen de lo que ha publicado junto a la banda Los Fjuiiith. Y si en la banda porteña las composiciones se visten de distorsión sucia y directa acá Duarte se refugia en el folk y la amalgama de agudos y bajos, de silbidos y susurros.

Es de suponer que Duarte necesitaba de un espacio para contar esta historia que remite a ideas más que a sucesos, a observaciones detalladas, a hechos pasados que se acumulan con el tiempo y que tarde o temprano te exigen salir a la luz, independiente de la forma que tengan. Es por eso que la presencia de aquel colchón de ruido hace tanto sentido cuando las palabras que nos recita hablan de bosques, lagos y árboles, pero que conscientemente van dirigidas a una segunda persona. Finalmente él/la protagonista del relato.

“Alguien corta un árbol, escucha el sonido que hace el invierno y se ríe en sus ojos, hay algo terrible y hermoso que suena así” relata durante “Cabeza de Almendra”, descripciones que se repiten en otras composiciones y que dejan cierta inquietud por comprender si más allá de una explicación abordan una sensación ambigua y primitiva, una especie de dolor reconfortante.  

En otras instancias las insinuaciones intentan ser más empáticas, a la par que la música se torna más colectiva tanto en la instrumentalización como en el estilo que se acerca, con algo de timidez, al pop. “Al final de esta hora cruel mirarás desde el ventanal que se movió, dirás adiós con la mano” murmura con cierta falsa indolencia en “Caparazón”.

Es el frío, tal vez, lo que mueve a Antonio Duarte a abrirse, cuando a muchos nos llama a quedarnos dentro, refugiarnos e hibernar. Una invitación sutil, pero sincera y que en efecto es más un desafío, un llamado a salir a la intemperie, a mojarse y reconfortarse con la intrepidez del acto. Una suntuosa forma de atreverse a contar una historia.

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