Mùsica de Color

Möreno – Hueón Colores

por Rodolfo García Comenta

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Para algunos teóricos, el rol del artista es el de digerir y transmutar la realidad para luego re-exponerla a través de una representación. El nuevo disco de Möreno (proyecto solista de Giancarlo Landini) se inserta de lleno en esta tradición y representa una nueva y alentadora etapa en su carrera. Un registro basado en un concepto, donde cada canción está asociada a un color. Así, el álbum se lanzó en el marco de una exposición pictórica de este creador pluridisciplinario.

Si desde hace un lustro que el ex-syndie y ex-silencio absoluto venía editando canciones volcadas hacia el indie-rock más clásico (cercano a Guided by Voices y Sebadoh), en álbumes como Pica (2009) o Moreno y la Mafia Canyengue (2012), este artista radicado en Santiago se decidió a ir un paso más allá.

El resultado es este Hueón colores que sorprende por su frescura y vitalidad. Esta vez, la música de Landini se encuentra completamente reformulada y reprocesada por efectos y loops, adornada por samples de voces y cajas de ritmos. El resultado es sorprendente si se tiene en cuenta el currículum anterior de Möreno: una mezcla improbable pero efectiva de psicodelia, ritmos tribales, noise, punk y electrónica. Las melodías son circulares e inducen al trance y son propensas a estados alterados de la conciencia.

Si algo tiene de experimental esta nueva entrega, es justamente el primer sentido de la palabra: probar, adentrarse, jugar, ir hacia lo desconocido. En esta misma dirección, uno podría apelar a los trabajos de Animal Collective (antes de que su ánimo innovador se convirtiese en una fórmula), o a la percepción lisérgica de Oneohtrix Point Never. Landini arriesga mucho más y es capaz de dejar bastante atrás a varios músicos chilenos que sólo buscan el ruido por el ruido.

Acá lo que importa no es tanto la búsqueda de lo radical (aunque, paradojalmente, sea radicalmente distinto a toda la producción nacional de este año) como el dejarse absorber, seducir y llevar por los sonidos, como si estos dejaran una huella a seguir, la que Landini va persiguiendo sin descansar, cual Alicia tras el conejo que siempre huye y la lleva por territorios inexplorados.

Una mención aparte merece “Hueón amarillo”, tercer single del disco y el tema de clausura de éste: tan bella y meditativa como los tonos dorados del atardecer, con esa emotividad que sólo un Ira Kaplan podría otorgarle a su guitarra, sólo que en un contexto distinto y desmaterializado. Pues, si algo tiene este álbum de propósitos sublimes, es un ir permanente tras la espiritualidad. Magnífico.

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